Afuera, ya casi no había luz y estaba bastante fresco.
Adentro, por el contrario, la temperatura era la justa.
Ni más ni menos de la que queríamos que hiciera.
Los dos, abrazados, acariciándonos, fijábamos entre silencios y susurros nuestras miradas en el otro.
Nos regocijábamos con nuestros besos interminables de siempre. ¡Nos disfrutábamos como dos adolescentes enamorados!
El living de la casa, con su tenue luz de un viejo velador con forma de palo borracho apoyado sobre una mesa esquinera, era nuestro nido en ese momento. La puerta de la habitación nos llamaba, constante, más a mi incluso que a ella.
Admito, es que algo en mí, moría de deseos.
Nuestro sigilo verbal era interrumpido por esporádicos susurros y risas a escondidas.
-"Te amo! ¡Qué lindo es estar con vos, así, abrazados!"- Le dije.
Pero que difícil se me hacía esa situación. Ya lo habíamos hablado varias veces. No sabíamos cómo llevar adelante este momento. ¡Yo quería que se sienta cómoda, segura, amada, protegida! ¡Siempre lo hice, siempre lo seguiré haciendo!
Al oído le pregunté si estaba segura, si aún quería hacerlo. A lo que me contesto con la voz sedienta de pasión sus ganas de descubrir su sexualidad y esa nueva etapa de su vida con un... - "Sí, estoy re caliente!"-.
La abracé fuerte, contento y muy excitado, recuerdo. La besé, me apoderé de sus tiernos y carnosos labios, me adueñé de su lengua y jugué con ella. Bese su cuello. Lo sentí sabroso y repleto de algún barato pero muy bien logrado perfume floral!!
El aroma de su piel, entreverado con el mencionado, ¡¡me enloquecía!!
-"Tranquila mi amor!! Esta noche será única, inolvidable"-. Le decía yo con la seguridad de quien llevaba a cuestas más de mil batallas contra mil gigantes pero que, en realidad, no superaba un puñado de ellas y varias de las cuales no eran más que algún añejado "molino de viento".
-"Y si algo no te llegara a gustar, prometo dejar de hacerlo. Y si algo te da vergüenza, te llenare de halagos. Si, al fin de cuentas, sos la chica más linda que conocí jamás, mi amor. ¿Que hacer yo entonces con este común envase que me dio la naturaleza y el capricho de algún gen familiar?"-.
Continuó mi innecesario pero dulce labor de convencimiento.
Pensar que yo no superaba los 16 años cuando ella rozaba los 21 era una delicia.
Para mí era un montón esa diferencia de edad.
La levante de su asiento y la lleve lentamente en andas hasta mi habitación, besándola, sosteniéndola con firmeza, riendo juntos. La luz estaba apagada, solo el ocaso nublado en la ventana asomaba inseguro, enmarcando en oro ese montón de hermosas curvas en la oscuridad. Dándole un brillo hipnótico a su piel, recuerdo.
la recosté, suave, lento, sobre esas blancas sábanas, lecho de amor. "Tranquila, seda sobre seda reluce más aun". Le dije cursi pero sincero.
No se rían, así era yo a mi 16. Quizás lo sigo siendo, no lo sé.
Acaricié su frente y seguí por sus cabellos hasta su espalda, mientras la besaba apasionadamente y con mi otra mano tomaba su cintura, entrelazados los dos.
Con temor, pero con ganas, con la ansiedad propia de la carga hormonal etaria, pero intentando no parecer desesperado (no parecer) sentía como me abrazaba y pícaramente agarraba mi cola.
Y yo volaba. Siempre tuve en mi cola ese punto débil lleno de zonas 3rogenas de las cuales nunca renegué.
Se fue soltando lentamente. Con vergüenza. Pero se iba soltando. Con cada caricia, cada beso en su cuerpo o cada beso que ella me daba y cada suspiro que mis ansias regalaban, se fue entregando a sus propios deseos.
Podía sentir como exhalaba pasión. Sus leves gemidos aumentaban y ponían mi sentido del oído al extremo.
Comencé a desabrocharle muy lentamente su delgada blusa exponiendo ante mi sus pechos, redondos, grandes pero firmes, suaves, deliciosos, juveniles. Ella era una morena de curvas ampulosas, cintura marcada, bien pronunciada. Pero de caderas anchas y un cuerpo muy armonioso, pero fuera de los estándares que marca la sociedad. Claramente no era una modelo de tapa de revista, pero era una morocha infartante la mires por donde la mires. Si bien soy un hombre que tiene sus preferencias, siempre me atrajo más la persona que su envase.
Aunque admito, de ella me atraían ambas cosas.
Con semejante espectáculo frente a mis ojos no pude evitar arrojarme de cabeza entre esos curvilíneos atributos y los besé por primera vez con todas las ganas. No sé ya si lo hice bien o si quizás mordí un pezón un poco más brusco de lo que debía, pero recuerdo que busque volverla loca y su cara era de estar cómoda y excitada a la vez. Lo cual ya era mucho.
Me agarraba del pelo mientras mi lengua se colaba atrevida en sus senos y los rozaba apenas. Nunca quite mi mirada de ella, recuerdo, observándola, conociéndola desde un ángulo completamente nuevo para mí.
Amé su pecho, como amé sus labios, como amé cada milímetro suyo y como lo seguiré amando cada día que lea esto y recuerde esa noche de imborrable inocencia adolescente que se iba perdiendo en el tiempo.
Para no llevar su pudor más allá, nos tapamos con las sábanas, que lentamente se fueron como convirtiendo en parte de nuestro cuerpo. La blusa, ya en el piso, llamo a la pollera y casi inmediatamente se formó un pequeño montículo de ropa que no se sabía a cuál de nosotros pertenecía cada una.
Solo quedaban en nosotros las últimas prendas.
-"Estas bien?"- Le pregunté. -"Hay algo que te moleste?"-. Insistí, aunque pesado, precavido.
-"No, por favor, no pares"- me dijiste entre suspiros, mientras llené de mis más dulces besos su abdomen. Como eyectados por la energía estática los pelitos minúsculos de su panza se erguían hacia mí. Hacia mi lengua, hacia mi boca. Mis manos nunca dejaron de acariciarla, de abrazarla de a ratos, de excitarla con el contacto. Muy cerca de su sexo, mi boca, atrevida, lo deseaba. Sabía yo que no era turno de eso, pero lo deseaba.
Un -"Dios"- balbuceante se dejaba oír cada tanto.
Atiné a quitar su última prenda, esa que hasta el momento la había protegido de todo y de todos, ¡¡y en ese momento cerraste los ojos y apretaste fuerte mis manos!!
-"No te preocupes, amor, si querés paramos"- dije. Y aflojó despacio la presión soltando sus piernas dándome libertad. Las besé mientras mis manos acariciaban su vulva que explotaba de nervios y calentura. Su mente volaba, yo lo sabía. Su humedad lo evidenciaba.
Subí y en secreto le susurré algo, posando mis labios sobre el lóbulo de sus orejas y se estremeció tanto, tanto, que me di cuenta que ese era el momento justo!
Dejé caer tanto su bombacha como mi bóxer y liberé ante ella mis inocultables ganas de hacerle el amor. Me miró, se me acerco, me tomó entre sus manos y se mordió los labios con los ojos en blanco mirando hacia atrás. No había mueca suya o mía que nos detenga.
¡Nos besamos, le roce todo el cuerpo con las yemas de los dedos! Apoyé suavemente sobre su clítoris la puntita de mi falo, duro, durísimo de deseo y humedecido totalmente en su extremo, rozándolo, pero sin penetrar nunca.
Sus piernas se cerraron fuerte aparentándolo, sintiéndolo. Sus manos atrevidas no contenían sus ganas y, quizás por inexperiente, hasta apretó demás. Pero, lejos de doler, más ganas me dieron.
Rocé, froté y sentí tanto su clítoris que sus gemidos al oído en medio de abrazos y apretones casi me aturdían.
Mi glande empapado entre lo mío y lo suyo entró en ella casi sin esfuerzo alguno, estaba tan caliente todo por ahí que gracias a Dios su vulva me abrió suavemente paso como si tambien ella hubiera luchando contra los mismos imaginarios gigantes que yo.
Primero entraba y salía mi cabecita, y le gustaba. Seguí y seguí ese juego cada vez más adentro y algún gesto de dolor me indicaba que frenara un poco y que vuelva a empezar.
Sus ojos se abrieron bien grandes cuando fue ella quien hizo un movimiento buscando más profundidad y me adentré un poco más en su interior.
No fue perfecto, hubo un poco de sangre y de dolor y tuvimos que parar. Hubo orgasmos antes pero no durante y yo recuerdo que tampoco terminé. mas no hacía falta.
Pero ese día quedaría en nuestra memoria ya, pase lo que pase. Ya no habría nada más importante en ese momento que nosotros dos y esa primera vez hermosa, interrumpida por una penetración que con el tiempo se volvería deliciosa.
Ya habria otra oportunidad, otro día en el que los dos volviéramos a ser uno. Uno dentro del otro, uno encima del otro, UNO.
Que nos amaramos por el resto de esa noche, como nunca, como siempre, como si fuera la última vez. O como si fuera la primera.
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