lunes, 15 de enero de 2018

4 Manos y una camilla



4 MANOS, UNA CAMILLA

Corrían los últimos días de diciembre de 2007. Tras finalizar el primer nivel de un curso de masajes californianos nos habían invitado a una fiesta.
Era la fiesta de fin de año de la escuela en un lugar paradisiaco.
Un criadero de caballos devenido en Hotel de Campo en las afueras de Buenos Aires.
El calor era intenso. Pero la emoción por lo que nos habían vendido como la fiesta del siglo nos hizo olvidar la distancia y cualquier dificultad y nos dispusimos a pasarla en grande.
Los establos ya no eran tales, habían sido adecuados como habitaciones para 4 personas unas y para 2 otras, mientras que el altillo, lleno de colchones uno al lado de otro, era el refugio para quienes afrontaron la aventura más modestamente.
El que alguna vez fue un estanque de agua, ahora era una pileta redonda enclavada en una loma. Acacias, limoneros,sauces y otros hermosos árboles le daban vida a un bosque detrás del comedero. Y una laguna, allá en el fondo, llena de patos y cisnes decoraban una vista que no podía ser mas hermosa.
El día transcurrió entre desnudos y semi desnudos sumergiéndose en la pileta. Tostándose sin tapujos. Alzabas la vista y a un costado una pareja, completamente desnuda, se hacía masajes un poco subidos de tono. Sí. Todos eramos alumnos del mismo curso, aunque muchos de diferentes días, niveles u horarios.
Al llegar la tarde y luego de una comida vegetariana deliciosa, vino tinto y algún cigarrillo ilegal, mi amigo y colega Juan y mi compañera Virginia (sic), me invitaron a hacer un masaje entre los tres. Lo que se llama masaje a 4 manos. Ellos habían tomado una pequeña dosis de ácido lisérgico, yo no.
Me invitaron, pero tuve temor de perder la cordura y por ende confundirme. o hacer algo de lo que arrepentirme.
Pese a mi pudor, estuve todo el día en boxer blanco, suelto de ropas, aunque no tantas como otros y otras.
Mi libido del día iba en aumento.
Durante la mañana coqueteaba con una chica de 18 años, mezcla de fruta prohibida e inocencia perdida.
Pero también estaba por ahí una mujer de 50 años con quien finalmente pasaría una deliciosa noche de las que nunca jamás olvidaré. Pero eso ya es parte de otra historia.
También estaba la que luego, compañera suya, sería la madre de mi hija. En ese entonces solo era un... amor platónico.
Juan no había aprendido a hacer el masaje de 4 manos porque los días que nos lo enseñaron él no había podido asistir. Así que empezamos Virginia y yo para que pudiera sentirlo y así tener idea para hacerlo él luego.
Se saco la ropa, se recostó sobre la camilla blanca y lo tapamos. El aceite y nuestras manos comenzaron a deslizarse por su cuerpo. Alto, altísimo él, con una energía envidiable. emanaba paz, amor y felicidad por tal regalo. Fue una hora de conexión con Virginia, miradas, guías, trabajo de a dos para uno. 
Luego llego el turno mío.
La situación era erótica por donde la miren. Tres personas semi desnudas haciéndose masajes en medio de un bosque...
Me saque el boxer y despojado de vergüenzas me tiré en la camilla, situada bajo una columna de portentosos árboles y comenzaron a tocarme.
Relajación total.
La sábana que me cubría era blanca y suave. Delgada. Todo se nota, todo casi se ve. Sus manos bailaban al compás de la suave brisa.
Mis vellos erizados me dejaban en evidencia. la procesión iba por dentro. Si bien no tuve una erección en ese momento, mi temperatura interna, extrema, externalizaba como podía. Los ojos tapados por una almohadilla azul con semillas aromáticas me transportaban a la sensación física y mental únicamente. Los sentidos despiertos disfrutaban de todo menos de mirar. Mi respiración y mis latidos no eran los habituales.
Una ventisca mas fuerte voló la sábana que me cubría y quede totalmente expuesto. Las risas cómplices de los tres invadieron el aire y nuestras voces eran lo único que se escuchaba.
Jamás pude ver sus caras, pero... no hizo falta.
Esa sublime escena quedará en mi memoria para siempre.
Llegó el turno de Virginia. Risueña, se desnuda también y acecha la camilla seductoramente. comenzamos a masajearla entre los dos. Los dedos suaves por la espalda, yemas que bailan y cantan enderedor de su columna. un respirar suave a la altura de su nuca y otro cerca de sus muslos fueron el comienzo de uno de los masajes más lindos que me tocaron hacer.
El tiempo y el vaivén rítmico de manos y brazos despertaron el efecto psicodélico en su organismo y el tono fue subiendo. Ella reía sin sentido y gemía al ritmo de nuestras manos que acariciaban cada resquicio de su cuerpo.
Llegó el momento de que se de vuelta y comenzamos ahora de frente.Sus muslos firmes, su piel blanca, suave y tersa, su abdomen, su pecho y cuello fueron la pista perfecta para que nuestras manos y fantasías patinen felices sobre el brillo encandilante producto del sol y el aceite para masajes.
Un momento de tensión erótica de ensueño.
El masaje concluye. Ellos, en un estado diferente al mío, ríen a carcajadas. Nos abrazamos los tres.
Ella lo besa y lo abraza y lo vuelve a abrazar y finalmente lo besa en la boca.
Será que tenían algo de antes y yo no lo sabía?
Me abraza, me besa, me acaricia y me besa otra vez. Siempre en mis pómulos regocijados.
De repente, también, el beso agradecido y lleno de plenitud que me dio en el cachete, se transformó en un beso apasionado. Conmigo, con él. Los tres. Las tres bocas se entremezclaron y los suspiros fueron in crescendo.
La estructura de mi estantería se desmoronó por completo.
Mi ropa interior colapsó indisimulablemente y tuve una erección majestuosa. Muerto de vergüenza me retiro, me alejo unos centímetros. Será verdad? Acá? Ahora?
Virginia me mirá, deja caer la sábana que cubría su pecho turgente, se ríe y me dice: -Y bueno, hoy se dio así-

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